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Por qué tengo sofocos en la menopausia y qué tiene que ver tu intestino

Por qué tengo sofocos: más allá de «son las hormonas»

Son las tres de la mañana y ya estás despierta. No por el ruido, no por una pesadilla. Es ese calor que no viene de fuera, que sube desde el pecho, te sube al cuello, a la cara… y da igual que sea enero o julio, da igual que hayas abierto la ventana, quitado el edredón o puesto el ventilador al máximo. Ese calor no se va con nada de eso.

Te quedas tumbada mirando el techo. Respirando. Esperando que pase. Y pasa, claro que pasa. Pero cuando vuelves a dormirte, ya son las cuatro. Y mañana tienes un día largo por delante.

O quizás el tuyo no es de noche. Quizás es en mitad de una reunión, la cara te arde, empiezas a sudar, y lo único que puedes hacer es rezar para que nadie se dé cuenta. O en el coche. O comiendo. O en el súper. Venga cuando venga, el sofoco te interrumpe. Te saca de donde estabas. Y te deja ahí, sin explicación.

Porque lo que te han dicho hasta ahora no es una explicación. «Son las hormonas.» «Es la menopausia.» «Es normal.» Normal. Como si eso significara que no tiene solución. Como si tuvieras que aguantarte y ya.

Pues no.

Hay cosas que nadie te ha contado sobre tus sofocos. Que no tienen que ver solo con los estrógenos. Que tienen que ver con tu intestino, con la histamina, con cómo responde tu sistema nervioso al estrés. Y cuando entiendes esas piezas, cuando las ves juntas por primera vez, el sofoco deja de ser algo que te pasa y se convierte en algo que puedes trabajar.

El termostato de tu cerebro

En tu cerebro, concretamente en una región llamada hipotálamo, hay un termostato muy sofisticado que lleva desde tu primera menstruación manteniendo tu temperatura corporal en torno a los 36-37 grados, independientemente de si estás en la playa, en la nieve o en una oficina con el aire acondicionado a tope.

Ese termostato tiene una zona de confort, una franja dentro de la cual puede operar sin activar ninguna alarma. Normalmente esa franja es bastante amplia. Si tu temperatura sube unas décimas porque hace un poco más de calor, tu cuerpo lo tolera. Si baja un poco porque llega una corriente de aire fresco, también.

El problema llega cuando entramos en perimenopausia. Nuestras hormonas empiezan a fluctuar de forma diferente. Los estrógenos se elevan para intentar producir la ovulación, aunque a veces ya no con tanta potencia como antes. Y cuando se produce la bajada, es más brusca. Y en el siguiente ciclo parece que les cuesta volver a elevarse.

Estos cambios hacen que el termostato se vuelva hipersensible. La franja de tolerancia se estrecha mucho. Y entonces cualquier pequeño cambio que pudiera elevarlo dispara la alarma: una copa de vino, un café, un momento de estrés, entrar en una habitación con calefacción.

¿Cómo activa la alarma el cuerpo? Dilatando los vasos sanguíneos de la piel para liberar calor, aumentando el flujo de sangre hacia la superficie, haciendo que te pongas roja y que sudes para refrescarte. Resultado: sofoco.

Junto a Lamixtura acabamos de sacar al mercado, una nueva fórmula pensada precisamente para momentos como los sofocos, el calor interno o esa sensación de desregulación térmica que muchas mujeres experimentan en esta etapa. 

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Por qué a ti sí y a tu amiga no

Hay desencadenantes concretos que conviene conocer: el alcohol dilata los vasos sanguíneos por sí solo, el picante activa receptores de calor en la boca y el tubo digestivo, el café tiene un efecto vasodilatador más allá de su temperatura, y las emociones intensas como la vergüenza o la ansiedad también disparan el termostato.

Pero entonces surge la pregunta que muchas mujeres me hacen: ¿por qué a mí sí y a mi amiga no? Si tenemos la misma edad, las dos estamos en perimenopausia, pero ella apenas nota nada y yo estoy desesperada.

Hay varias razones. Una es genética: hay mujeres que metabolizan los estrógenos de forma más eficiente que otras, y eso influye en cómo viven la transición. Otra tiene que ver con el peso corporal: el tejido adiposo también produce cierta cantidad de estrógenos, por lo que mujeres con más masa grasa pueden tener una transición algo más suave en este aspecto concreto, aunque con otras implicaciones a nivel de salud.

Y hay una tercera razón, que es la que vamos a desarrollar en profundidad en este artículo, y tiene que ver con el estado de tu microbiota intestinal. Porque tu intestino tiene mucho que decir sobre cómo vives tus sofocos. Y hay una pieza que casi nadie menciona cuando hablamos de esto: la histamina.

La histamina: la pieza del puzzle que nadie te había mencionado

La histamina es una molécula que produce tu propio cuerpo. No es un enemigo. Es un mensajero que cumple funciones muy importantes: participa en las respuestas inmunes, regula la producción de ácido en el estómago y actúa como neurotransmisor en el cerebro.

El problema no es que exista. El problema es cuando hay demasiada. Y en perimenopausia y menopausia, puede haber demasiada. Por varias razones.

La relación directa entre estrógenos e histamina

La primera razón es la relación directa entre los estrógenos y la histamina. Los estrógenos estimulan a unas células inmunes llamadas mastocitos para que liberen histamina. Y la histamina, a su vez, puede estimular la producción de más estrógenos. Este mecanismo crea un círculo vicioso donde más histamina provoca más estrógenos, y más estrógenos generan más histamina.

En perimenopausia, además, sucede que la progesterona disminuye. Y como la progesterona actúa frenando la liberación de histamina, su ausencia provoca que la histamina actúe con mayor libertad, empeorando las molestias: síntomas de inflamación, alergias, migrañas… y sofocos.

La enzima DAO y el intestino

La segunda razón tiene que ver con una enzima llamada DAO (diamino oxidasa), cuya función es precisamente degradar la histamina. Y la DAO se produce principalmente en el intestino. Si tu intestino no está bien, si hay inflamación o disbiosis, tu capacidad de degradar histamina disminuye y esta se acumula.

¿Por qué el exceso de histamina produce sofocos? Porque actúa como vasodilatador. Dilata los vasos sanguíneos, el mismo mecanismo que el sofoco. La histamina no crea sofocos por sí sola, pero los amplifica. Es como si tuvieras el termostato ya hipersensible por los cambios hormonales y encima la histamina llegara con un megáfono y le dijera al hipotálamo: «¡Que hace mucho calor aquí!»

El cortisol, el tercer factor

Hay un tercer actor en esta historia que lo empeora todo: el cortisol. El estrés activa el sistema nervioso simpático, que cuando está en modo alerta aumenta la liberación de histamina. Además, el cortisol y la progesterona compiten por la misma maquinaria enzimática. Es decir, si el cortisol está elevado, la progesterona sale perdiendo.

En otras palabras: si estás en perimenopausia, con los estrógenos fluctuando, la progesterona bajando, el intestino algo comprometido y encima con situaciones de estrés en tu vida, estás en el escenario perfecto para que tus sofocos sean más frecuentes, más intensos y más difíciles de manejar.

¿Cómo sé si la histamina está amplificando mis sofocos?

Hay señales que orientan, aunque no son diagnósticas. Para eso necesitas a tu profesional de cabecera. Pero sí son pistas importantes:

Migrañas hormonales que coinciden con determinados momentos del ciclo o que empeoran al entrar en perimenopausia. Reactividad cutánea, piel que enrojece con facilidad o urticaria sin causa aparente. Síntomas digestivos como hinchazón o diarrea al comer ciertos alimentos. Y sofocos que se desencadenan especialmente después de tomar vino, queso curado, embutidos, salsa de tomate o vinagre, todos ellos alimentos ricos en histamina.

Si te identificas con varias de estas situaciones, la histamina es una pieza importante de tu puzzle. Y quien controla los niveles de histamina, en gran parte, es tu intestino.

Tu intestino y tus sofocos: el estroboloma

El intestino es el gran protagonista de mi trabajo. En todos mis libros de salud hormonal vengo hablando de él y de su microbiota. De hecho, en mi último libro, El Equilibrio Perfecto, lo dedico íntegramente a la relación entre la microbiota y las hormonas, algo que nadie hasta la fecha había relacionado tan extensamente, desde la primera menstruación hasta la última. Si este tema te interesa, te lo recomiendo mucho.

Y en este artículo no podía ser de otra manera: vamos a hablar de la relación entre el intestino y los sofocos. Y para eso necesito presentarte un concepto clave: el estroboloma.

Qué es el estroboloma y cómo funciona

El estroboloma es el conjunto de bacterias intestinales que tienen la capacidad de modular los niveles de estrógenos en el cuerpo. No son todas las bacterias de tu microbiota, sino un equipo de élite muy específico que participa en el metabolismo de los estrógenos.

Funciona así: los estrógenos que tu cuerpo ya ha utilizado pasan por el hígado, donde se inactivan. Luego viajan al intestino para ser eliminados. Pero el estroboloma tiene la capacidad de reactivarlos y devolverlos a la circulación. Cuando está equilibrado, hace este reciclaje de forma inteligente, ajustando los niveles según lo que el cuerpo necesita. Es como un sistema de reciclaje perfecto.

Cuando el estroboloma está desequilibrado, por disbiosis, por inflamación, por una dieta pobre en fibra, por el uso de antibióticos o por cualquier otra causa, ese reciclaje se descontrola. Y en perimenopausia y menopausia, donde los estrógenos ya son escasos, tener un estroboloma en mal estado significa que los pocos estrógenos que todavía se producen tampoco se aprovechan bien. Lo que puede empeorar los sofocos y otros síntomas vasomotores.

El estroboloma, la DAO y la histamina

Además, recuerda que la enzima DAO, que se encarga de degradar la histamina, se produce en el intestino. Un intestino con disbiosis produce menos DAO. Menos DAO significa más histamina circulando. Y más histamina, como ya sabemos, significa sofocos más intensos.

Por qué no todas las mujeres responden igual a los fitoestrógenos

Hay algo más que quiero contarte, y que es científicamente muy interesante. Las investigaciones muestran que no todas las mujeres responden igual a los fitoestrógenos, esos compuestos vegetales que imitan de forma suave la acción de los estrógenos. Y la razón tiene que ver precisamente con la microbiota.

Algunas mujeres tienen en su intestino las bacterias necesarias para convertir ciertos compuestos de la soja y las legumbres en equol, su forma activa, que tiene una afinidad mucho mayor por los receptores de estrógenos. Por ejemplo, las mujeres asiáticas, que llevan siglos consumiendo soja de forma habitual, suelen ser mejores productoras de equol y se benefician más de una alimentación fitoestrogénica.

Si no tienes estas bacterias, el efecto de los fitoestrógenos es más modesto. Esto no significa que no puedas beneficiarte de una alimentación rica en legumbres, germinados o semillas de lino. Significa que cuidar la microbiota no es un extra. Es la base.

El círculo vicioso que sí se puede interrumpir

El cortisol, una vez más, entra en escena. Altera la composición de la microbiota, aumenta la permeabilidad intestinal, reduce la diversidad bacteriana y compromete tanto el estroboloma como la producción de DAO.

El triángulo completo quedaría así: estrógenos fluctuantes generan histamina elevada, que pone el sistema nervioso en alerta, lo que eleva el cortisol, que compromete la microbiota, que reduce el reciclaje estrogénico y la producción de DAO, lo que genera más histamina y sofocos más intensos.

Es un círculo. Pero es un círculo que se puede interrumpir. Y ahora te cuento cómo.

El protocolo alimentario para reducir los sofocos

Vamos con la parte que más me gusta: lo que puedes hacer, lo que puedes comer. El protocolo. Lo organizo en capas, porque así es como funciona mejor. Una capa sobre otra, cada una reforzando la anterior.

Primera capa: alimentación fitoestrogénica

Los fitoestrógenos son compuestos de origen vegetal que tienen una estructura parecida a la de nuestros estrógenos y pueden unirse, de forma suave, a nuestros receptores estrogénicos. No son estrógenos. No los reemplazan. Pero en una etapa en la que los estrógenos escasean, pueden ayudar a modular esa transición.

¿Dónde los encontramos?

En las legumbres: lentejas, garbanzos, frijoles, habas, guisantes, edamame y soja. La soja te la recomiendo mejor fermentada, en forma de miso, tempeh, natto o tamari. La fermentación mejora la biodisponibilidad de sus isoflavonas y la hace más digestiva, porque los microorganismos la predigieren. Hoy sabemos que las legumbres ricas en isoflavonas son las reinas a la hora de reducir la frecuencia e intensidad de los sofocos. Eso sí, siempre desde la alimentación. No soy partidaria de tomar isoflavonas de soja en cápsulas.

El segundo grupo que más me gusta son los lignanos, cuya fuente más concentrada en la alimentación son las semillas de lino. También la chía, el sésamo y las semillas de calabaza. Los lignanos son transformados por la microbiota intestinal en compuestos activos con acción estrogénica suave. De ahí la importancia del intestino: sin microbiota sana, los lignanos llegan pero no se activan bien. Te recomiendo tomarlos hidratados y triturados, y si están molidos en frío, mejor todavía.

Y el tercer grupo son los polifenoles y el resveratrol, que encontramos principalmente en alimentos de color oscuro: uva roja, frutos rojos, arándanos, moras, frambuesas, grosellas, cerezas, granada y también en el cacao. No en el chocolate, en el cacao.

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Segunda capa: alimentación antihistamínica

Si la histamina es un factor clave en tus sofocos, la alimentación puede ayudar en dos direcciones: reducir la ingesta de alimentos ricos en histamina y favorecer la producción de DAO.

Los alimentos que más conviene moderar o evitar si notas que te desencadenan sofocos después de comer son el alcohol en general (vino tinto, blanco, cava), los vinagres, los quesos curados, los embutidos, la salsa de tomate y las espinacas cocidas. Dentro de los fermentados, el chucrut y el kimchi también pueden elevar la histamina si se toman en grandes cantidades, así que si notas que te sientan mal, modera la cantidad.

Para favorecer la producción de DAO, son interesantes los alimentos ricos en vitamina B6 (plátano, pollo, avena), en vitamina C (pimiento rojo, kiwi, brócoli) y en cobre (frutos secos y semillas). Y siempre, como base, una microbiota cuidada.

Tercera capa: lo que activa el termostato y conviene reducir

Ya lo hemos mencionado, pero vale la pena recordarlo. Hay alimentos y situaciones que disparan el termostato hipersensible y conviene tenerlos en cuenta: el alcohol, el picante fuerte, la cafeína en exceso, las comidas muy calientes y el azúcar refinado. Este último genera fluctuaciones en la glucosa que disparan el cortisol y, con él, los sofocos.

Plantas medicinales con evidencia

Además de la alimentación, hay plantas que pueden ayudar a calmar ese termostato interno.

La salvia (Salvia officinalis) es una de las que más evidencia tiene para reducir la frecuencia de los sofocos. Tiene buena tolerabilidad y sin efectos secundarios relevantes. Una taza de infusión de salvia al día es la forma más suave de tomarla y es segura para la mayoría de mujeres. Si quieres algo más potente, consulta con tu profesional sanitario para que te recomiende la dosis adecuada a tu caso.

La cimicífuga (Cimicifuga racemosa) también ha demostrado mejoras en los sofocos, aunque actúa por una vía diferente: no estrogénica, sino sobre los receptores de serotonina y dopamina en el hipotálamo. Por eso es especialmente interesante para mujeres que no pueden o no quieren tomar fitoestrógenos. En este caso sí recomiendo supervisión profesional, especialmente si en tu historial ha habido alguna patología hepática. Que sean plantas no significa que no sean potentes. Natural no es sinónimo de inocuo.

Este artículo cuenta con la colaboración de Linwoods. Las semillas de lino son, de lejos, la fuente más accesible, versátil y estudiada de lignanos que tenemos. Sus lignanos actúan como fitoestrógenos suaves que ayudan al cuerpo a compensar la bajada de estrógenos, sin sustituirlos, pero dando un apoyo natural para que la transición sea menos brusca. Se pueden tomar tanto si estás siguiendo terapia hormonal como si la tienes contraindicada. Además, su omega 3 ayuda a resolver la inflamación propia de esta etapa y su fibra cuida la microbiota.

Te recomiendo especialmente el paquete morado de Linwoods: semillas de lino con Q10, porque la coenzima Q10 es un antioxidante que ayuda a hacer frente al estrés oxidativo, que en la menopausia se dispara. Siempre molidas en frío, porque el calor oxida sus omegas. Dos cucharadas al día, en el yogur, en la ensalada, en la crema de verduras… en todas partes. Y una vez abierto el paquete, a la nevera. Las puedes encontrar en naturitas.es y llevarte un descuento con mi código FOODGREENMOOD10

Estilo de vida para reducir los sofocos: movimiento, sueño y suplementos

La alimentación es la base, sí. Pero el protocolo tiene más patas. Hay piezas igual de importantes que no se mencionan casi nunca cuando se habla de menopausia. Y aquí las tienes.

Movimiento y ejercicio de fuerza

El músculo no es solo estética. Es un órgano endocrino. Cuanto más músculo tienes, mejor regulas la glucosa, mejor gestionas la inflamación y mejor responde tu cuerpo a los cambios hormonales. Además, en las mujeres, la masa muscular es un marcador de longevidad: mientras mejor masa muscular tengas, vivirás una vida más larga y más saludable.

El entrenamiento de fuerza es una de las intervenciones con más evidencia científica para mejorar la calidad de vida en la menopausia, incluyendo la frecuencia e intensidad de los sofocos, el estado de ánimo y el sueño.

No necesitas una hora en el gimnasio todos los días. Lo que necesitas es una vida activa, moverte a diario y dedicar dos o tres sesiones semanales al movimiento, ya sea en casa o en el gimnasio. Bajar las escaleras andando, saltar un poco, rotar… todo cuenta. El entrenamiento gratis existe y está al alcance de todas.

Vitamina D

Si entras en la menopausia con niveles bajos de vitamina D, vas a tener una peor experiencia climatérica en general. No hay que olvidar que la vitamina D es una hormona. Y hacer un tránsito hormonal con una hormona ya desequilibrada no es saludable.

La vitamina D tiene un papel fundamental en la regulación de la microbiota, la respuesta inmune, la gestión de la inflamación y la salud hormonal. En invierno y en latitudes altas, o si pasas poco tiempo al sol, es muy habitual tener los niveles bajos. Una analítica para revisarlos cuesta poco y da información muy valiosa.

¿Cuál es el valor ideal? En torno a 40-50 ng/mL. Esto garantiza una buena protección ósea, una buena salud inflamatoria, inmunitaria, neurológica y hormonal.

Ritmos circadianos y sueño

Hay un dato que aparece en los estudios sobre sofocos y que me parece fascinante: la frecuencia de los sofocos sigue un patrón circadiano. Aunque pueden darse a cualquier hora del día, son más frecuentes por la tarde y por la noche. Y no es casualidad: es justo el momento en que la temperatura corporal empieza a descender de forma natural. El cuerpo interpreta ese descenso como una señal y, con el termostato hipersensible, puede disparar el sofoco.

Las últimas dos horas antes de dormir importan mucho. Estas son las claves:

Luz tenue, sin pantallas brillantes ni scrolling hasta tarde. Temperatura de la habitación fresca, entre 18 y 20 grados si es posible. Cenar al menos dos horas antes de acostarse, sin alcohol y sin picante. Y si puedes incorporar una técnica de regulación nerviosa antes de dormir, mejor. Por ejemplo, la respiración 4-7-8: inhala 4 segundos, retén 7, exhala 8. Unos minutos de esta respiración activan el sistema nervioso parasimpático y ayudan a bajar el estado de alerta y el cortisol acumulado durante el día, que también predispone a los sofocos nocturnos.

Los tres suplementos clave

Magnesio. Es el mineral del sistema nervioso. Participa en más de 300 reacciones químicas en el cuerpo, entre ellas la regulación de la excitabilidad neuronal que predispone al sofoco. Tanto por vía dérmica como en cápsula, funciona muy bien para esto. Las formas mejor toleradas son el bisglicinato y el malato. Además de calmar el sistema nervioso, mejora la calidad del sueño.

Omega 3. Es una grasa estructural imprescindible para cuidar los tejidos, las mucosas, el sistema neurológico y el tejido intestinal, que es donde vive el estroboloma y donde se fabrica la enzima DAO. Su acción antiinflamatoria lo convierte en un suplemento estratégico en esta etapa. Lo encontramos en el pescado azul, aunque como suplemento también es una opción muy interesante.

Vitamina B6. Es una reguladora hormonal estupenda. Ayuda a aliviar los sofocos y los sudores nocturnos, mejora el estado de ánimo y reduce la irritabilidad asociada a los cambios hormonales. Además, calma esa excitabilidad nerviosa que nos predispone al sofoco.

El sofoco no es algo que simplemente te pasa

Si tuvieras que quedarte con una sola idea de todo lo que hemos visto, que sea esta: el sofoco no es un accidente. No es algo que te pasa y de lo que no puedes escapar. Es la respuesta de un sistema que ha perdido su punto de equilibrio.

Cuando vemos cuáles son las piezas de ese sistema, el hipotálamo, los estrógenos, la histamina, el intestino, el cortisol, la microbiota, podemos trabajar con ellas. No siempre vamos a eliminar los sofocos por completo. Pero sí podemos hacer que sean menos frecuentes, menos intensos y que interfieran mucho menos en nuestra vida.

Eso es lo que busca este protocolo. No una promesa milagrosa. Sino una herramienta coherente, adaptada a cómo funciona nuestro cuerpo en esta etapa.

Preguntas frecuentes sobre los sofocos

¿Qué puede causar sofocos?

Los sofocos tienen un origen multifactorial. El principal desencadenante es la fluctuación de los estrógenos en la perimenopausia y menopausia, que hace que el termostato del hipotálamo se vuelva hipersensible. Pero hay otros factores que los amplifican: la histamina, el estado de la microbiota intestinal, el cortisol, el alcohol, el picante, la cafeína o las emociones intensas.

¿Cómo afecta el cortisol en la menopausia?

El cortisol, la hormona del estrés, compite con la progesterona por la misma maquinaria enzimática. Esto significa que cuando el cortisol está elevado, la progesterona sale perdiendo. Y como la progesterona frena la liberación de histamina, su bajada hace que la histamina actúe con mayor libertad, empeorando los sofocos. Además, el cortisol altera la microbiota intestinal, reduciendo su diversidad y comprometiendo tanto el estroboloma como la producción de enzima DAO.

¿Cuántos sofocos al día son normales?

No existe un número estándar, porque no hay dos menopausias iguales. Algunas mujeres tienen uno o dos sofocos al día y otras pueden tener más de diez. Lo relevante no es el número en sí, sino el impacto que tienen en la calidad de vida. Cuando los sofocos interrumpen el sueño, dificultan el trabajo o condicionan el día a día, es el momento de buscar estrategias para reducirlos.

¿Qué pasa si tengo sofocos?

Los sofocos son la respuesta de un sistema que ha perdido su punto de equilibrio. No son algo que simplemente hay que aguantar. Trabajar la alimentación, la microbiota, el manejo del estrés, el movimiento y la suplementación puede reducir significativamente su frecuencia e intensidad. Si los sofocos son muy intensos o frecuentes, consulta con tu profesional sanitario para valorar todas las opciones disponibles.

marta leon

Sobre la Autora:
Marta León

Mi historia comienza en una granja en el Mediterráneo. He escrito 3 libros sobre salud hormonal femenina y llevo más de una década acompañando a mujeres a cuidar sus hormonas desde la alimentación y los cambios de estilo de vida. 

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