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Probióticos para mujeres: qué fermentos naturales necesita tu microbiota (y cómo empezar)

Los fermentos llevan más de 8.000 años acompañando a la humanidad. Del kimchi coreano al miso japonés, del chucrut alemán al kefir del Cáucaso, no hay cultura en el planeta que no haya fermentado. Y sin embargo, hoy les tenemos miedo. Miedo a que sean peligrosos, a que tengan demasiada sal o azúcar, a que nos salga moho y no sepamos qué hacer.

En este artículo recojo todo lo que aprendí en una entrevista con Nerea Zoroiaín, a quien considero la mayor experta en fermentación de España. Nerea lleva más de 20 años investigando, creando y enseñando sobre fermentación, es autora de los libros Fermentación y La Cocina Probiótica y fundadora de FermentArt (También tengo código descuento de su tienda online, te lo dejo por aquí por si lo quieres aprovechar: MARTALEON). 

Una conversación que me ayudó a entender por qué los fermentos son una herramienta poderosa para cuidar la microbiota y, con ella, nuestra salud hormonal femenina.

¿Qué es un alimento fermentado?

Un fermento es cualquier alimento que ha sido transformado por microorganismos: bacterias, hongos o levaduras que metabolizan ese alimento y lo convierten en algo diferente y más biodisponible. Es, como me explicaba Nerea, como cocinar a fuego lento con microorganismos.

Lo que sorprende a mucha gente es que el 20% de la alimentación mundial son alimentos fermentados. El pan, el queso, el yogur, la cerveza, el vino… todos son fermentos. No es algo exótico ni nuevo. Es algo que llevamos en nuestras células desde hace miles de años y del que simplemente nos hemos alejado.

Si le preguntas a tu abuela, seguramente sepa perfectamente qué son las berenjenas en vinagre o las cebolletas encurtidas. Lo que ocurre es que antes esos alimentos se fermentaban de verdad, y ahora los compramos en vinagre industrial. Nos hemos separado del proceso, pero la memoria está ahí.

¿Son peligrosos los fermentos caseros?

Esta es la pregunta que más me encuentro cuando hablo de fermentos. Y la respuesta es clara: no. De hecho, según Nerea, es mucho más peligroso dejar un alimento cocinado encima de la cocina toda la noche que un fermento correctamente elaborado, porque la fermentación es en sí misma un proceso de conservación. Tanto es así que en lugares donde el agua está contaminada se fermenta precisamente para poder consumirla de forma segura.

La clave está en el pH. Por debajo de 4, es imposible que crezcan patógenos. Si necesitas esa tranquilidad, una simple tira de pH de la farmacia te lo confirma al momento.

¿Y si le sale una capa blanca por arriba? No hay que entrar en pánico. Esa capa es una levadura que crece cuando el fermento ha estado expuesto al oxígeno y todavía tenía azúcares. Se retira y listo. El problema real llega si esa capa se vuelve verde o gris, señal de que el hongo ha esporulado. Pero para llegar a ese punto hace falta mucho tiempo de descuido. Como dice Nerea: si tienes un queso en casa y le sale una esquina de moho, no tiras el queso entero. Con los fermentos es exactamente igual.

Lo que sí me parece importante recordar es que vivimos en una cultura muy antibacteriana. Años de publicidad de productos desinfectantes y antibacterianos nos han metido un miedo que no siempre está justificado. La microbiota, tanto la interior como la del entorno, nos equilibra. No podemos vivir sin ella.

Fermentos caseros y microbiota femenina: la conexión hormonal

Aquí es donde los fermentos dejan de ser una moda y se convierten en una herramienta de salud femenina. El estroboloma es esa parte de la microbiota intestinal encargada de gestionar los estrógenos. Cuando el estroboloma no está bien cuidado, los estrógenos no se metabolizan correctamente y eso tiene consecuencias directas sobre el ciclo menstrual, el estado de ánimo, la piel y el equilibrio hormonal general.

Los fermentos contribuyen a cuidar ese ecosistema de dos maneras fundamentales.

Los fermentos aportan bacterias vivas

Cuando tomamos un fermento vivo, estamos introduciendo en nuestro sistema digestivo microorganismos activos que colonizan y enriquecen la microbiota. Pero no se trata solo de cantidad, sino de biodiversidad. Como me explicaba Nerea, un mismo fermento tiene diferentes cepas bacterianas en diferentes momentos de su proceso: el kimchi del primer día no es igual que el del décimo. Comer fermentos en distintos momentos de su maduración nos aporta una microbiota más diversa y más resiliente.

Los fermentos aportan enzimas que tu cuerpo no tiene que fabricar

Las bacterias de los fermentos hacen algo fascinante: expulsan enzimas hacia el exterior para descomponer el alimento antes de absorberlo. Cuando nos comemos ese fermento, nos estamos comiendo también todas esas enzimas. Eso significa que nuestro sistema digestivo recibe el alimento ya predigerido y con una carga enzimática extra que facilita la digestión de todo lo que comemos después. Muchas intolerancias alimentarias, de hecho, no son un problema de microbiota sino de falta de enzimas. Y los fermentos ayudan exactamente ahí.

La sal y el azúcar en los fermentos: ¿cuánto queda realmente?

Uno de los mitos más extendidos es que los fermentos tienen demasiada sal o demasiado azúcar. Y entiendo la preocupación, especialmente cuando hablamos de salud hormonal femenina, donde el exceso de azúcar y sal tienen un impacto directo. Pero la realidad bioquímica es más interesante de lo que parece.

¿Cuánta sal tiene realmente un fermento?

Durante el proceso de fermentación, los microorganismos transforman las moléculas de sal en otras sustancias. No es como hacer un bizcocho, donde los ingredientes que añades se quedan tal cual. Aquí hay un metabolismo activo y constante. Las propias analíticas que Nerea realiza en su fábrica lo confirman: la cantidad de sal medida el primer día es notablemente mayor que la medida un mes después. El fermento está vivo y en constante transformación.

¿Y el azúcar de la kombucha o el kefir?

Pasa exactamente lo mismo. Las bacterias se comen el azúcar durante la fermentación: las moléculas de glucosa pasan por un proceso de glucólisis del que salen otras sustancias como ácido láctico o etanol, pero no azúcar. Cuanto más tiempo fermenta, menos azúcar residual queda. Esto se nota incluso en el sabor: una kombucha poco fermentada sabe dulce, una muy fermentada sabe ácida. El tiempo de fermentación es el que regula cuánto azúcar queda en el producto final.

Los mejores fermentos para empezar en casa

No todos los fermentos requieren el mismo nivel de dedicación ni sirven para lo mismo. Según Nerea, lo primero es pensar para qué lo quieres, porque cada fermento tiene propiedades diferentes y se adapta mejor a unas necesidades u otras. Por ejemplo, si tienes tendencia a las cándidas, los fermentos salados con mayor presencia de lactobacilus son más interesantes que las bebidas fermentadas dulces.

Dicho esto, estos son los más accesibles para empezar:

Kefir de agua

Listo en 24 horas, prácticamente imposible de estropear y apto para personas con intolerancia a la lactosa. Solo necesitas agua, azúcar, unos higos y los gránulos de kefir. Es ideal si estás en casa y quieres algo rápido y constante. Si te vas de viaje, mételo en la parte más fría de la nevera para que ralentice su actividad.

Kombucha

Necesita entre 10 y 15 días de fermentación. Más adecuada si viajas con frecuencia, ya que aguanta mejor los períodos de ausencia. Si se te pasa y queda muy avinagrada, no la tires: úsala como vinagre para aliñar ensaladas o hacer encurtidos rápidos.

Si no tienes tiempo de fermentar, te recomiendo mi marca de Kombuchas favorito: BIOMA, además con el código MARTALEON10 tienes un descuento.

Kimchi

Más elaborado a nivel de preparación, pero extraordinariamente versátil en la cocina. Combina especialmente bien con legumbres y platos grasos, a los que aporta sabor y facilita enormemente la digestión. Unas lentejas con kimchi, por ejemplo, son una combinación tanto deliciosa como digestivamente muy inteligente.

Miso

El favorito de Nerea, y entiendo perfectamente por qué. Requiere un año de fermentación, pero es el más completo nutricionalmente: contiene alrededor de un 20% de proteína, es probiótico, no se estropea y es altamente revitalizante. Era la comida de los samuráis japoneses por algo. En invierno, una sopa de miso caliente es además una alternativa perfecta a las bebidas fermentadas frías.

Cómo incorporar los fermentos en el día a día

Una de las preguntas que más me llegan es precisamente esta: vale, me convenciste, pero ¿cómo los meto en mi rutina? La recomendación de Nerea es sencilla: dos cucharadas de vegetales fermentados al día, siempre en frío y acompañando a la comida.

Hay dos reglas básicas que no hay que olvidar:

Primera: los fermentos nunca se calientan. El calor mata las bacterias y elimina todo el beneficio probiótico. Por eso los fermentos pasteurizados del supermercado, esos que están en la estantería sin refrigerar, no aportan ningún beneficio real: el proceso de pasteurización ha eliminado toda la vida bacteriana.

Segunda: los fermentos ayudan a digerir lo que comes junto a ellos. Los alimentos ácidos activan la digestión, por eso funcionan especialmente bien acompañando platos grasos o proteicos. No es casualidad que los alemanes acompañen el codillo con chucrut: esa combinación tradicional tiene una lógica digestiva impecable.

Ideas prácticas para empezar

  • Kimchi sobre legumbres: unas lentejas con kimchi son una combinación digestivamente muy inteligente y sorprendentemente deliciosa
  • Chucrut como guarnición de carnes y platos grasos en lugar de patatas
  • Sopa de miso en invierno como alternativa reconfortante a las bebidas fermentadas frías
  • Una cucharada de fermentado vegetal sobre la tostada del desayuno para facilitar la digestión del gluten
  • Kombucha o kefir de agua en verano como sustituto de refrescos y bebidas azucaradas

Preguntas frecuentes sobre fermentos caseros

¿Se puede fermentar en un bote de cristal normal?

Sí, cualquier bote de cristal reciclado sirve. Y aquí viene algo que sorprende a mucha gente: no hace falta esterilizarlo. El líquido que genera el propio fermento, llamado técnicamente líquido de gobierno, impide el crecimiento de patógenos. De hecho, si esterilizas el bote pero luego introduces los vegetales con la mano, ya lo has contaminado. La propia acidez del fermento es tu mejor protección.

¿Qué sal usar para fermentar?

Sal marina sin yodar y sin antiaglomerantes. El yodo es antibacteriano y puede interferir directamente en el proceso de fermentación. La buena noticia es que la sal marina es barata y fácil de encontrar.

¿Cuánto tiempo aguanta un fermento?

Depende del tipo. La kombucha, si se pasa de tiempo, se convierte en ácido acético, es decir, vinagre. Los vegetales fermentados y el miso, en cambio, tienen una capacidad de conservación mucho mayor: cuando las bacterias se quedan sin alimento, generan estructuras de resistencia y se quedan dormidas hasta que vuelven a tener nutrientes disponibles.

¿Mi fermento huele raro, lo tiro?

No necesariamente. Algunos fermentos, como la coliflor fermentada, tienen olores muy intensos que pueden parecer alarmantes sin serlo. Si tienes dudas, comprueba el pH: por debajo de 4 está bien. El olor y el sabor ácido son en realidad señales de que el proceso va correctamente.

¿Los fermentos pasteurizados del supermercado sirven?

Solo si te gusta el sabor. No tienen actividad probiótica porque el proceso de pasteurización elimina todas las bacterias vivas. Para obtener beneficios reales necesitas fermentos vivos y refrigerados.

Conclusión

Los fermentos no son una tendencia ni una moda. Son una práctica ancestral que todas las culturas del mundo han utilizado durante miles de años para conservar alimentos, cuidar la digestión y mantener la salud. Para nosotras, las mujeres, su relevancia es especialmente significativa por la relación directa entre microbiota, estroboloma y equilibrio hormonal.

Lo que más me gusta de todo lo que aprendí hablando con Nerea es que empezar no requiere equipamiento especial ni conocimientos avanzados. Un bote de cristal reciclado, sal marina y un poco de paciencia son suficientes para dar el primer paso. Y una vez que empiezas y ves los cambios en tu digestión, en tu energía y en tu piel, la mayoría no para.

Mi reto para ti es sencillo: incorpora un fermento nuevo esta semana. Solo uno. Si no te apetece prepararlo, cómpralo. Un bote de chucrut vivo, una kombucha buena o un kefir de agua sin pasteurizar. Que sea refrigerado, que esté vivo. Y observa cómo responde tu cuerpo.

marta leon

Sobre la Autora:
Marta León

Mi historia comienza en una granja en el Mediterráneo. He escrito 3 libros sobre salud hormonal femenina y llevo más de una década acompañando a mujeres a cuidar sus hormonas desde la alimentación y los cambios de estilo de vida. 

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